Tras abrazarte fuerte y coser tus bordes
con la yema de mis dedos,
me di cuenta de que no sabía qué estaba
buscando
y de que tus manos son más suaves cuando
las posas sobre mis páginas.
Tras quedarme ronca por las risas de
madrugada
y los sueños proclamados a viva voz,
tras susurrar tu nombre a las farolas
y al puente de ojos tristes,
tras prestar atención al murmullo de agua
salada
y amortiguar tus pasos sobre mi espalda,
solté el aire de golpe.
Retuve tu energía y el brillo mate de tu
mirada
hasta que se me rompió la paciencia
y se desmigó poco a poco sobre mis
rodillas.
¿Y ahora qué?
Nunca se me dio bien desechar al cerebro
cuando lo que entra en juego es el dibujo
de tu dedo en mi clavícula.