lunes, 25 de abril de 2016

[Autorretrato]

Tras abrazarte fuerte y coser tus bordes con la yema de mis dedos,
me di cuenta de que no sabía qué estaba buscando
y de que tus manos son más suaves cuando las posas sobre mis páginas.
Tras quedarme ronca por las risas de madrugada
y los sueños proclamados a viva voz,
tras susurrar tu nombre a las farolas
y al puente de ojos tristes,
tras prestar atención al murmullo de agua salada
y amortiguar tus pasos sobre mi espalda,
solté el aire de golpe.
Retuve tu energía y el brillo mate de tu mirada
hasta que se me rompió la paciencia
y se desmigó poco a poco sobre mis rodillas.
¿Y ahora qué?
Nunca se me dio bien desechar al cerebro

cuando lo que entra en juego es el dibujo de tu dedo en mi clavícula.