Iba leyendo un libro.
Creo que fue lo primero de él que me llamó la atención, el hecho de que fuese leyendo. Hoy en día es tan complicado encontrar gente así que me siento bien cada vez que tropiezo con uno. A día de hoy puedo recordar con exactitud el libro en el que centraba toda su atención. Era una edición de Momo del 83, con las páginas amarillentas y un dibujo de la niña en la portada de tonos sepia. Las letras del título eran de un color llamativo y no tenía ninguna reseña en la contraportada. Él (ya que a estas alturas todavía no sé su nombre) pasó dos paradas contemplando el dibujo de Momo y la tortuga del Maestro Hora, Casiopea, rodeadas de torres altas plagadas de relojes.
Recuerdo que a la altura de Alto de Extremadura cerró el libro con suavidad y se apoyó en la pared, ya que había estado leyendo cogido de una de las barras que cruzan el techo del vagón de punta a punta. No sé por qué, pero fue en ese punto cuando nuestras miradas chocaron, en vez de encontrarse. Chocaron porque fue una especie de explosión lo que sucedió entonces, cuando sus ojos verdosos ahondaron en mí con curiosidad. Y yo, estúpida de mí, no hice más que retirarme el flequillo de los ojos y bajar la vista mientras el tren frenaba suavemente en Príncipe Pío. No volví a levantar la mirada hasta que, con una sacudida, el vagón volvió a ponerse en marcha, pero para entonces él ya había bajado.
Desde entonces, todos los días, cuando cogía el metro, me sentaba en el mismo vagón de la línea seis, donde le encontraba de pie, en la misma barra, aunque el resto del tren estuviese vacío. Yo me quitaba el pelo de la cara con mi mano torpe, nuestros ojos se estudiaban detenidamente y de mi bolso sacaba un libro pequeño, de páginas amarillentas y un dibujo de una niña en tonos sepia en la portada.
Y leíamos ese libro hasta que sus ojos verdes desaparecían.
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