Me gusta jugar al quizás
y deshacer poco a poco tus por qués.
Desgranar desde la parsimonia
todos los puntos de vista
y dejar que tu opinión se cuele a través del cristal.
Me gusta soñar con los ojos abiertos
y reflexionar sobre el día a día.
Susurrar versos sin rima al viento, buscando una simple respuesta
y algo con el que llenar tantas páginas vacías.
Busco variar.
Pienso sobre cómo sería todo si mis decisiones hubiesen sido otras
o si esas otras decisiones me habrían llevado a ti.
Si eres mi destino
o si no eres más que otro figurante que se irá como la espuma cuando menos me lo espere.
A veces reviso todo lo vivido
y lo doy la vuelta.
Y a veces cambio el curso de la historia para ver qué pasaría.
Me gusta jugar con ese ¿Y si...?
viernes, 30 de enero de 2015
jueves, 29 de enero de 2015
El otro día me dijeron que vivía sin darme cuenta.
En un principio no comprendí a qué se referían con eso. Siempre he vivido ocupada, bien por estudios, bien por hobbies, bien por salidas y viajes persiguiendo mi sueño.
Vives sin darte cuenta.
Mientras mantenía una agitada discusión sobre mis horarios, esta frase pasó totalmente desapercibida. Sin embargo, al volver a casa, esas palabras empezaron a golpearme en la sien como un martillo.
Vivimos tan rápido que no sentimos cómo la vida se escurre sin remedio entre los dedos. "Pensamos demasiado y sentimos muy poco", que dice la película. Estamos pendientes de nuestros empleos, de las noticias, las personas influyentes, de llegar a fin de mes, de los impuestos, de las necesidades básicas, que no caemos en cuenta en la cantidad de vida que dejamos pasar.
No nos enteramos de las risas de los niños. Hemos perdido los juegos infantiles en los parques y los puestos de helados. No nos damos cuenta de los pequeños gestos de bondad que flotan a nuestro alrededor, de las flores que crecen en medio de la calzada o de los susurros que se dicen los enamorados al oído. Nos estamos perdiendo los mejores versos en la lista de la compra, el movimiento de los árboles con el viento o el baile del agua en las fuentes.
Vivimos sin darnos cuenta. Y muchos, no nos daremos cuenta nunca.
En un principio no comprendí a qué se referían con eso. Siempre he vivido ocupada, bien por estudios, bien por hobbies, bien por salidas y viajes persiguiendo mi sueño.
Vives sin darte cuenta.
Mientras mantenía una agitada discusión sobre mis horarios, esta frase pasó totalmente desapercibida. Sin embargo, al volver a casa, esas palabras empezaron a golpearme en la sien como un martillo.
Vivimos tan rápido que no sentimos cómo la vida se escurre sin remedio entre los dedos. "Pensamos demasiado y sentimos muy poco", que dice la película. Estamos pendientes de nuestros empleos, de las noticias, las personas influyentes, de llegar a fin de mes, de los impuestos, de las necesidades básicas, que no caemos en cuenta en la cantidad de vida que dejamos pasar.
No nos enteramos de las risas de los niños. Hemos perdido los juegos infantiles en los parques y los puestos de helados. No nos damos cuenta de los pequeños gestos de bondad que flotan a nuestro alrededor, de las flores que crecen en medio de la calzada o de los susurros que se dicen los enamorados al oído. Nos estamos perdiendo los mejores versos en la lista de la compra, el movimiento de los árboles con el viento o el baile del agua en las fuentes.
Vivimos sin darnos cuenta. Y muchos, no nos daremos cuenta nunca.
viernes, 16 de enero de 2015
Para Elisa
Querida
Elisa:
Te
escribo esto porque estoy perdido. Una vez te dije que yo vivía bajo el agua
helada. Antes podía salir a respirar a mi aire, pero ahora hay una especie de
costra muy, muy gruesa de hielo que me lo impide. Y aunque lo golpeo y lo
golpeo, con fuerza, con constancia, con miedo, la plancha de hielo no cede.
Te
escribo porque antes me guiaba por una luz. Esa luz me calentaba, me alumbraba
cuando lo necesitaba. Y a pesar de que a mí me gustaba vivir bajo el manto de
agua helada, a veces me gustaba sentir el calor de esa luz. Era como una manta
que me cubría. Y a veces, por un momento, sentía que no había necesidad de
vivir bajo el agua helada. Que podía salir a la superficie y sentir el calor de
esa luz más cerca. No era una luz. No sé qué era. Pero creo que eras tú.
A
veces, cuando estaba solo en casa, te veía en los reflejos de los espejos. A
veces creía que cuando me girase te iba a ver detrás de mí, con una sonrisa de
lado, irónica, de esas que pones tú. Sentía cómo crujía la madera de las
escaleras bajo tus pasos, para luego comprobar que era el viento. Me acostaba y
sentía cómo me arropabas. A veces incluso notaba tu beso justo aquí, en la
línea de la barbilla. Y esa sensación permanecía palpitante un buen rato, a
veces toda la noche.
Querida
Elisa, me destrozas poco a poco. Tú no, me destroza tu recuerdo. Me destroza no
ver tus palabras flotando alrededor mío, y me destroza escuchar música y verte
bailar en mi mente, riendo sin sonido y con el rostro diluido pero los ojos
verdes, y me destroza no sentir nunca esa manta.
A
veces estás tan cerca que noto tu aliento en la hendidura de mi clavícula. Y
noto tus uñas en mi nuca. A veces estás tan lejos que todo es silencio y parece
que vivo en una realidad paralela. Porque, querida, a veces me pregunto si
existes, si no eres más que el fruto de mi imaginación. Si me sientes detrás de
ti en el pasillo de tu casa, o si oyes la puerta cerrarse detrás de mí cuando
no entro, o si me oyes susurrar en silencio contra tu garganta. Si escuchas mi
respiración entrecortada cuando duermo o si te ríes cuando no me sientes. Si
eres feliz sin mí. Si te tengo o si me has perdido.
lunes, 12 de enero de 2015
Olvido
Olvido.
Te dejé y te fui perdiendo. Tus pedazos quedaron desperdigados por ahí, ya sin
razón de ser, perdidos en esa marabunta que es mi vida. Quedaron restos de ti,
pequeños posos en esa taza. Quedaron enganchados en acordes sueltos. Quedaron
encerrados en letras inventadas y melodías, que todavía esperan el momento de
ser creadas. Porque todavía no existen. Quedaron presos en una lágrima que cayó
sobre el parqué, que se secó con el calor de la estufa, y que todavía estará
rondando por la sala. Quedaron descoloridos de tanto lavar la sudadera, que ya
he dejado de usar. Quedaron congelados en la tarrina de ese helado que nos
comimos viendo una película, nuestra historia. Quedaron aplastados debajo de
los nuevos muebles, o a lo mejor se los llevó el camión de mudanzas. Quedaron
marcados por un tatuaje que desearía borrar de mi piel. Quedaron sellados en un
buzón, esperando para ser enviados a donde quiera que tú te hayas ido. Porque
ya no estás. Pero yo no soy feliz. Porque esa taza me recuerda tus besos de
buenos días antes de ir al trabajo. Esos acordes me llevan al estudio en el que
pasábamos horas esperando a que llegara la canción perfecta. Esa letra, esas
melodías eran las que tarareabas mientras preparabas tu gran especialidad y yo
esperaba en una mesa adornada con velitas. Porque ese parqué nos trajo más de
un quebradero de cabeza. ¿Recuerdas el día que te dejaste la ventana abierta y
el agua levantó el suelo? La sudadera me defendió de esa época en la que la
estufa no funcionaba y nos acurrucábamos en el sofá como pequeños cachorros
contra su madre. Porque esa película sigue en alguno de los estantes de cintas
de video que rebobinábamos con ayuda de un boli. Porque los muebles viejos
ahora estarán adornando tu nueva casa. Porque el tatuaje de la espalda me recuerda
que tú tienes uno igual. Y esos recuerdos no quieren ser enviados a tu nuevo
hogar. Porque ahora, cuando llegas a casa, te reciben los labios de otra. Y
sólo queda eso. Olvido.
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