viernes, 30 de enero de 2015

¿Y si...?

Me gusta jugar al quizás
y deshacer poco a poco tus por qués.
Desgranar desde la parsimonia
todos los puntos de vista
y dejar que tu opinión se cuele a través del cristal.

Me gusta soñar con los ojos abiertos
y reflexionar sobre el día a día.
Susurrar versos sin rima al viento, buscando una simple respuesta
y algo con el que llenar tantas páginas vacías.

Busco variar.
Pienso sobre cómo sería todo si mis decisiones hubiesen sido otras
o si esas otras decisiones me habrían llevado a ti.
Si eres mi destino
o si no eres más que otro figurante que se irá como la espuma cuando menos me lo espere.

A veces reviso todo lo vivido
y lo doy la vuelta.
Y a veces cambio el curso de la historia para ver qué pasaría.
Me gusta jugar con ese ¿Y si...?

jueves, 29 de enero de 2015

El otro día me dijeron que vivía sin darme cuenta.
En un principio no comprendí a qué se referían con eso. Siempre he vivido ocupada, bien por estudios, bien por hobbies, bien por salidas y viajes persiguiendo mi sueño.
Vives sin darte cuenta.
Mientras mantenía una agitada discusión sobre mis horarios,  esta frase pasó totalmente desapercibida. Sin embargo, al volver a casa, esas palabras empezaron a golpearme en la sien como un martillo.
Vivimos tan rápido que no sentimos cómo la vida se escurre sin remedio entre los dedos. "Pensamos demasiado y sentimos muy poco", que dice la película. Estamos pendientes de nuestros empleos, de las noticias, las personas influyentes, de llegar a fin de mes, de los impuestos, de las necesidades básicas, que no caemos en cuenta en la cantidad de vida que dejamos pasar.
No nos enteramos de las risas de los niños. Hemos perdido los juegos infantiles en los parques y los puestos de helados. No nos damos cuenta de los pequeños gestos de bondad que flotan a nuestro alrededor, de las flores que crecen en medio de la calzada o de los susurros que se dicen los enamorados al oído. Nos estamos perdiendo los mejores versos en la lista de la compra, el movimiento de los árboles con el viento o el baile del agua en las fuentes.
Vivimos sin darnos cuenta. Y muchos, no nos daremos cuenta nunca.

viernes, 16 de enero de 2015

Para Elisa

Querida Elisa:

Te escribo esto porque estoy perdido. Una vez te dije que yo vivía bajo el agua helada. Antes podía salir a respirar a mi aire, pero ahora hay una especie de costra muy, muy gruesa de hielo que me lo impide. Y aunque lo golpeo y lo golpeo, con fuerza, con constancia, con miedo, la plancha de hielo no cede.

Te escribo porque antes me guiaba por una luz. Esa luz me calentaba, me alumbraba cuando lo necesitaba. Y a pesar de que a mí me gustaba vivir bajo el manto de agua helada, a veces me gustaba sentir el calor de esa luz. Era como una manta que me cubría. Y a veces, por un momento, sentía que no había necesidad de vivir bajo el agua helada. Que podía salir a la superficie y sentir el calor de esa luz más cerca. No era una luz. No sé qué era. Pero creo que eras tú.

A veces, cuando estaba solo en casa, te veía en los reflejos de los espejos. A veces creía que cuando me girase te iba a ver detrás de mí, con una sonrisa de lado, irónica, de esas que pones tú. Sentía cómo crujía la madera de las escaleras bajo tus pasos, para luego comprobar que era el viento. Me acostaba y sentía cómo me arropabas. A veces incluso notaba tu beso justo aquí, en la línea de la barbilla. Y esa sensación permanecía palpitante un buen rato, a veces toda la noche.

Querida Elisa, me destrozas poco a poco. Tú no, me destroza tu recuerdo. Me destroza no ver tus palabras flotando alrededor mío, y me destroza escuchar música y verte bailar en mi mente, riendo sin sonido y con el rostro diluido pero los ojos verdes, y me destroza no sentir nunca esa manta.

A veces estás tan cerca que noto tu aliento en la hendidura de mi clavícula. Y noto tus uñas en mi nuca. A veces estás tan lejos que todo es silencio y parece que vivo en una realidad paralela. Porque, querida, a veces me pregunto si existes, si no eres más que el fruto de mi imaginación. Si me sientes detrás de ti en el pasillo de tu casa, o si oyes la puerta cerrarse detrás de mí cuando no entro, o si me oyes susurrar en silencio contra tu garganta. Si escuchas mi respiración entrecortada cuando duermo o si te ríes cuando no me sientes. Si eres feliz sin mí. Si te tengo o si me has perdido.



lunes, 12 de enero de 2015

Olvido

Olvido. Te dejé y te fui perdiendo. Tus pedazos quedaron desperdigados por ahí, ya sin razón de ser, perdidos en esa marabunta que es mi vida. Quedaron restos de ti, pequeños posos en esa taza. Quedaron enganchados en acordes sueltos. Quedaron encerrados en letras inventadas y melodías, que todavía esperan el momento de ser creadas. Porque todavía no existen. Quedaron presos en una lágrima que cayó sobre el parqué, que se secó con el calor de la estufa, y que todavía estará rondando por la sala. Quedaron descoloridos de tanto lavar la sudadera, que ya he dejado de usar. Quedaron congelados en la tarrina de ese helado que nos comimos viendo una película, nuestra historia. Quedaron aplastados debajo de los nuevos muebles, o a lo mejor se los llevó el camión de mudanzas. Quedaron marcados por un tatuaje que desearía borrar de mi piel. Quedaron sellados en un buzón, esperando para ser enviados a donde quiera que tú te hayas ido. Porque ya no estás. Pero yo no soy feliz. Porque esa taza me recuerda tus besos de buenos días antes de ir al trabajo. Esos acordes me llevan al estudio en el que pasábamos horas esperando a que llegara la canción perfecta. Esa letra, esas melodías eran las que tarareabas mientras preparabas tu gran especialidad y yo esperaba en una mesa adornada con velitas. Porque ese parqué nos trajo más de un quebradero de cabeza. ¿Recuerdas el día que te dejaste la ventana abierta y el agua levantó el suelo? La sudadera me defendió de esa época en la que la estufa no funcionaba y nos acurrucábamos en el sofá como pequeños cachorros contra su madre. Porque esa película sigue en alguno de los estantes de cintas de video que rebobinábamos con ayuda de un boli. Porque los muebles viejos ahora estarán adornando tu nueva casa. Porque el tatuaje de la espalda me recuerda que tú tienes uno igual. Y esos recuerdos no quieren ser enviados a tu nuevo hogar. Porque ahora, cuando llegas a casa, te reciben los labios de otra. Y sólo queda eso. Olvido.