El otro día me dijeron que vivía sin darme cuenta.
En un principio no comprendí a qué se referían con eso. Siempre he vivido ocupada, bien por estudios, bien por hobbies, bien por salidas y viajes persiguiendo mi sueño.
Vives sin darte cuenta.
Mientras mantenía una agitada discusión sobre mis horarios, esta frase pasó totalmente desapercibida. Sin embargo, al volver a casa, esas palabras empezaron a golpearme en la sien como un martillo.
Vivimos tan rápido que no sentimos cómo la vida se escurre sin remedio entre los dedos. "Pensamos demasiado y sentimos muy poco", que dice la película. Estamos pendientes de nuestros empleos, de las noticias, las personas influyentes, de llegar a fin de mes, de los impuestos, de las necesidades básicas, que no caemos en cuenta en la cantidad de vida que dejamos pasar.
No nos enteramos de las risas de los niños. Hemos perdido los juegos infantiles en los parques y los puestos de helados. No nos damos cuenta de los pequeños gestos de bondad que flotan a nuestro alrededor, de las flores que crecen en medio de la calzada o de los susurros que se dicen los enamorados al oído. Nos estamos perdiendo los mejores versos en la lista de la compra, el movimiento de los árboles con el viento o el baile del agua en las fuentes.
Vivimos sin darnos cuenta. Y muchos, no nos daremos cuenta nunca.
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